lunes, 29 de abril de 2013

Escape de Francisco Villa con levita y bastón. Historias de reclusión en Tlatelolco


Una mirada de la cárcel de indios a la prisión de Santiago

Miguel Angel Márez Tapia*

Panorámica de la Prisión de Santiago Tlatelolco, 1951
Foto: Archivo Histórico de Fundación ICA

Las prisiones son muchas cosas al mismo tiempo: “instituciones que representan el poder y la autoridad del Estado; arenas de conflicto, negociación y resistencia; espacios para la creación de forma subalternas de socialización y cultura; poderosos símbolos de modernidad (o de la ausencia de ella); artefactos culturales que representan las contradicciones y tensiones que afectan a las sociedades; empresas económicas que buscan manufacturar tanto bienes de consumo como eficientes trabajadores; centros para la producción de distintos tipos de conocimiento sobre las clases populares y, finalmente, espacios donde amplios segmentos de la población vive parte de sus vidas, forman su visión del mundo y entran en negociaciones e interacciones con otros individuos y con autoridades del Estado”1.

Tlatelolco y los instrumentos de reclusión se remontan a tiempos remotos. “En la época prehispánica, las cárceles eras rígidas. Existía el piloyan que fue conocido como el lugar de presos o atados, destinado a quienes cometían faltas de carácter civil; además, el quauhcalco o lugar de enjaulados, para quienes estaban condenados a muerte. Asimismo, el petlalco, sitio de aprovisionamiento o alhóndiga, era el lugar de reclusión para los que delinquían en asuntos poco graves. Por el contrario, para aquellos delitos graves, que merecían la pena de muerte, se encerraba a los criminales en jaulas estrechas y oscuras. De igual forma, había reclusión o encarcelamiento simbólico para los delitos insignificantes: se ponía un madero grueso enfrente del prisionero, y no se le permitía rebasarlo hasta cumplir su sentencia”2. 

La historiadora Valeria Sánchez Michel mencionó que las principales cárceles en la ciudad de México durante la Nueva España, eran la Real Cárcel de Corte, que se ubicaba en lo que hoy es el Palacio Nacional, donde se encontraban los reos que habían sido sentenciados para ir a las galeras; la Cárcel de la Ciudad, que resguardaba a los que estaban sentenciados a trabajar en obras públicas, como desazolvar las acequias y reparar los empedrados, así como la cárcel de indios en Santiago Tlatelolco 3

En el siglo XIX, las nociones de “rehabilitación” y “readaptación” fueron centrales para la concepción del discurso y constitución de las cárceles modernas (lo que sería a futuro la penitenciaria de Lecumberri), en 1853 aquí resalta el llamado Colegio correccional de San Antonio, en palabras de Manuel Orozco y Berra, ya para 1850 se estableció un asilo independiente para los corregidos y “se pulsó la urgencia de segregar del común de los presos de la Cárcel Nacional a varios jóvenes que había en ella, a fin de alejarlos del contacto de los criminales, y evitar que se desmoralizaran. A este objeto, se tomó en arrendamiento el edificio del Tecpan de Santiago, por veinticinco pesos mensuales, que fue lo convenido con el administrador de las parcialidades [de Santiago Tlatelolco y de San Juan Tenochtitlán] D. Manuel Marmolejo, planteándose allí por primera vez una casa con el carácter de sucursal de la prisión.
 Más tarde fue preciso admitir otros jóvenes que no procedían de la cárcel, pues bien eran niños que no habían sido recibidos en el Hospicio por falta de local, o procedían de sus mismas familias que los enviaban allí por vía de corrección. Aumentado así el número de los admitidos en aquel asilo, el Sr. Azcárate estableció algunos talleres para la enseñanza de oficios mecánicos, y dos escuelas de primeras letras para los niños y para las niñas. Se había hecho ya la precisa separación de hombres y de mujeres, y de criminales y no criminales, para que los buenos no se contagiaran en el trato común (…) Los alumnos de la escuela (recibían) la instrucción por el sistema de Lancaster, consistiendo los ramos de enseñanza en lectura, escritura inglesa, aritmética teórica y práctica, gramática castellana, ortología, doctrina cristiana, máximas morales y dibujo lineal: en lo general presentan grandes adelantos, así estos como los de los talleres.
Del número total, cuarenta y tres son jóvenes corrigendos, que siguen la enseñanza y disciplina del colegio.
En medio de nuestras desastrosas revueltas, no ha sido todo destruir únicamente; podemos presentar, por fortuna, algunas muestras de que no se ha extinguido aún entre nosotros el amor de la humanidad”4. En 1909 fue el fin del Colegio Correccional de San Antonio cuando el Tecpan de Santiago Tlatelolco modificó su funcionamiento a una escuela.
Fachada de la Prisión Militar de Santiago Tlatelolco
Foto: Archivo Casasola, Fototeca INAH
En los albores del Porfiriato, la ciudad de México contaba con tres cárceles: la de la ciudad, para delincuentes arrestados por delitos menores; la de Belem, para criminales de delitos mayores y para prisioneros políticos, la de Santiago en Tlatelolco que inició funciones a fines de 1883, para militares y prisioneros políticos; nuestra mirada se focalizará en este último tipo de recluso. 
Al interior de la prisión de Santiago Tlatelolco
Foto: Archivo Casasola, Fototeca INAH

Los ásperos y húmedos muros de los claustros de Tlatelolco transformados en prisión no impedían que entrara el viento helado ni la lluvia ni la polvareda, Vicente Riva Palacio, uno de los primeros presos célebres que ingresaron al lugar en 1884, luego de realizar críticas a las políticas de la moneda de níquel (en sustitución de la tradicional de plata) y el gobierno del presidente Manuel González, Riva Palacio fue inculpado luego que una masa amotinada apedreó a González e inmediatamente fue a vitorearlo a las afueras de su casa, éste hecho fue suficiente para recluirlo nueve meses, así terminar con sus aspiraciones presidenciales y regresarle el poder presidencial a Porfirio Díaz. 

Los reclusos al interior de la Prisión de Tlatelolco
Foto: Archivo Casasola, Fototeca INAH
En años posteriores, la prisión de Santiago fue destino para todos aquellos que realizaran una prensa crítica o divulgaran ideas contrarias al Porfiriato, Ricardo Flores Magón fue uno de tantos que ingresaron a la cárcel de Tlatelolco (la cuarta vez que iba prisión por divulgar sus ideas y denunciar la corrupción).

Bernardo Reyes recluido en la Prisión de Tlatelolco
Foto: Archivo Casasola, Fototeca INAH
Mientras tanto, el general Bernardo Reyes pasó trece meses recluido en la prisión de Santiago, momentos que entregó a recopilar sus memorias, previo a su liberación e inmediata muerte en la llamada Decena Trágica de 1913, en ese lugar se cruzó algunas veces con Doroteo Arango (Francisco Villa), el genio revolucionario que representaba todo lo contrario del general, éstos dos célebres personajes simbolizaban el carácter que integraba la población de reclusos, la cárcel de Tlatelolco fue un espacio para someter a los adversarios políticos, fueran civiles o militares. 

El comedor de los reclusos en Santiago Tlatelolco
Foto: Archivo Casasola, Fototeca INAH
Finalmente, es importante rescatar una entrevista hecha a Nicolás Fernández Carrillo, miembro de los “Dorados de Villa” por Píndaro Urióstegui Miranda, el periodista le preguntó: ¿Cómo logró fugarse Francisco Villa de la Prisión de Santiago Tlatelolco?

“Ahí en la cárcel Villa conoció a un abogado que era de Michoacán cuyo nombre no recuerdo. Este abogado lo enseñó a leer y a escribir en un año”, respondió Fernández. Y continuó diciendo:  “Cuando logró salir -el abogado- se fue a incorporar a las fuerzas de Emiliano Zapata. Mientras tanto, Villa empezó a idear su fuga y se fijó en un licenciado que trabajaba allí en la cárcel de Santiago Tlatelolco, que entraba a hacer las diligencias a los presos y que dejaba su sorbete y su bastón en un perchero. Al mismo tiempo conoció ahí en la cárcel a otro empleado, un joven de unos veinte años llamado Carlos Jáuregui al que poco a poco fue cultivando, regalándole dinero del que cada quince días le mandaba Madero, hasta conquistarlo definitivamente. Así accedió Carlos Jáuregui a ayudarlo a que se fugara. Para esto le preguntó qué necesitaba.  -Necesito un lima-, le dijo Villa y le dio dinero para que se la comprara. Jáuregui le llevó varias limas con las que empezó a romper la reja. Junto con Jáuregui planearon la fuga, ideando suplantar al licenciado que iba a tomar las declaraciones a los presos. De esta manera Jáuregui fue adiestrando a Villa, aprovechando el tiempo que el abogado estaba adentro para que Villa se pusiera el sorbete, la levita y la mascada con la que se cubría la boca y tomar el bastón paseándose para que lo viera la guardia; lo rasuró muy bien todo y así lo estuvo entrenando varios días. Cuando ya se dio cuenta de que estaba listo, Villa le dijo a Jáuregui: ahora vaya y cómpreme dos pistolas y traiga un carro y espéreme cerca de la puerta. Jáuregui le trajo las pistolas, las que Villa se encajó en el cinturón, con parque que se echó a la bolsa, agarró el sorbete y la levita y se las plantó; empezó a jugar con el bastón y a caminar imitando al abogado; la guardia se le cuadró y llegó a la puerta en donde estaba Jáuregui esperándolo en el carro al que de inmediato se subió huyendo así los dos” 5.

*Antropólogo
Notas

1. Aguirre, Carlos. “Carcel y sociedad en América Latina: 1800-1940” en Historia Social Urbana. Espacios y flujos, Ed. Eduardo Kingman Garcés, Quito, 2009.
2. Contreras L., Miriam Elsa y Rebeca Elizabeth Contreras L. “Una visión retrospectiva del discurso penitenciario en México” en Revista Letras Jurídicas, Núm. 22, CEDEGS-UV, Xalapa, Julio 2010.
3. Véase su libro Sánchez Michel, Valeria. Usos y funcionamiento de la cárcel novohispana: el caso de la Real Cárcel de Corte a finales del siglo XVIII, El Colegio de México, México,  2008.
4.  Orozco y Berra, Manuel. Memoria para el plano de la Ciudad de México, Imprenta de Santiago White, México, 1867. 
5. Urióstegui Miranda, Píndaro. Testimonios del proceso revolucionario de México, Talleres de Argrin, México, 1970.


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