Alejandro Mario Fonseca
El día de ayer visité Atlixco. Un
pueblo hermoso, lleno de flores, de casonas antiguas, coloniales. Está pegadita
al Popocatépetl, nuestro volcán activo, ese poderoso portento de la naturaleza
que nos amenaza, que nos cuida, que nos da agua y sustento.
El clima de Atlixco es excepcional,
entre calientito y templado, húmedo. Muy parecido al de Cuernavaca que está del
otro lado del volcán y que también es un pueblo… No, ya no lo es, Cuernavaca ya
es una colonia más de la ciudad de México, es más, ya no se disfruta, hay
violencia, inseguridad.
Cómo me gusta Atlixco, ir a comprar plantas
florales, caminar por sus calles, comer sus exquisitos guisos típicos en el
mercado o en sus numerosas fondas y pequeños restaurantes; comer mariscos o un
buen pescado en La Perla; después de la comida tomar un sabroso helado de La
Michoacana.
A nosotros nos encanta, mi mujer y mi
hija lo disfrutan mucho: nos gusta festejar en Atlixco. Pero esta última vez en
la que festejábamos el cumpleaños de mi mujer, regresamos muy tristes. Atlixco
está devastado, ya no es el mismo. Su principal atributo, muchas de sus viejas
casonas coloniales se vinieron abajo.
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