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jueves, 14 de junio de 2018

El renacimiento de México

Alejandro Mario Fonseca
      Por allá a fines de los años 60, en el ambiente estudiantil de la Escuela Nacional Preparatoria, se puso de moda leer a Herman Hesse. Uno de los escritores más representativos del romanticismo alemán de principios del siglo XX.
Me acuerdo que leí primero algunos cuentos cortos, como El pañuelo olvidado, Los dos hermanos y otros. Después leí sus novelas más famosas, Demian, Siddhartha  y El lobo estepario.
En realidad Hesse fue un romántico tardío. Hay que recordar que el romanticismo literario dominó la literatura en Europa desde finales del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX. Se caracterizó por su entrega a la imaginación y la subjetividad, al corazón y su libertad de pensamiento: era la idealización de la naturaleza.
El romanticismo fue un estilo de vida cuyos rasgos más característicos son: la imaginación y la sensibilidad. Ambos serian una bandera frente a la razón y la intelectualidad.
Para mí, al igual que para muchos de mis compañeros de prepa, que estábamos entusiasmados con Kant y su racionalismo en ciernes, el ansia de libertad se manifestaba en contra de todas las formas impuestas que coartan en el individuo la propia esencia del Sí mismo.
Y es que el instinto y la pasión conducen al ser humano a un entusiasmo exagerado, a un profundo optimismo, pero también al pesimismo.
En el caso de la conducción del hombre al sentimiento pesimista, nos lleva a la huida que se plasma en la perdición, las drogas, el desenfreno y hasta al suicidio.
 Pero en el caso del optimismo, el desenlace puede ser maravilloso: nos puede llevar a la felicidad, a la paz, a la armonía con nosotros mismos y con todo lo que nos rodea, en suma, al encuentro con el Sí mismo.
Pajaro rompiendo cascaron