Alejandro Mario Fonseca
En México estamos viviendo una fiesta
democrática inédita. Aun cuando las campañas estuvieron marcadas por la
violencia y la guerra sucia, el desenlace fue más que positivo. La jornada
electoral del pasado domingo 1 de julio fue ejemplar.
Primero las precampañas fueron toda
una farsa. Bueno, casi toda una farsa. Hubo honrosas excepciones en las que la
selección de candidatos fue realmente democrática. Pero ese no fue el caso del
estado de Puebla.
Aquí en Puebla desde donde escribo,
sigue dominando el morenovallismo. Todo indica que el PRI y el PAN se pusieron de
acuerdo e intentaron repartirse de nueva cuenta casi todos los puestos importantes
por la vía “electoral”.
El gran oligarca poblano, que ostenta
en los hechos una representación política de “unidad PRI-PAN”, había pactado
ante el oligarca mayor del PAN Ricardo Anaya, para dejarle el camino libre a la
presidencia, a cambio de que su esposa fuera la candidata a gobernadora.
Y si eso no se llama oligarquía,
entonces dígame usted amable lector ¿cómo le llamamos? Lo curioso es que nadie se
sorprendió por el hecho, vaya mucho menos se alarmaron.
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| Encuesta de salida para gobernador de Puebla |
