Alejandro Mario Fonseca
Recibí un correo electrónico de un
amable lector que cuestiona mi último artículo sobre el consumismo desenfrenado que caracteriza, según yo, a la sociedad
norteamericana de nuestros días.
Me dio mucho gusto, de eso se trata,
no todos podemos pensar igual y nadie debe quedarse callado cuando tiene un
punto de vista divergente de los demás: esa es la riqueza de la libertad, el
valor central por excelencia de la modernidad.
Voy a omitir el nombre de mi
interlocutor por respeto. También hemos heredado de la cultura occidental el
respeto a la intimidad, a la vida privada que es sagrada: nadie debe meterse
con el prójimo mientras éste no le haga daño a nadie.
Dicho esto, paso a defender mis
ideas. Estoy de acuerdo en que la sociedad norteamericana es diversa. Sí, es
incluso la más diversa del mundo. Pero también, los Estados Unidos son todavía
un imperio. Un imperio económico y cultural que goza de una gran influencia
global; y en gran medida esto se debe a su gran diversidad étnica, pero sobre
todo a sus valores originales.
Ya he escrito en mi columna de Vivir
en Tlatelolco y de El Quetzal,
sobre la tesis de Max Weber sobre los orígenes del capitalismo y la ética
protestante.
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