Alejandro Mario Fonseca
Yo vivía en Tlatelolco, era un joven
que recién había cumplido los 17 años, estudiaba en la Preparatoria No 9 de la
Universidad Nacional Autónoma de México. En mi memoria quedó gravado ese año como
el más intenso de mi vida.
Fue un año terrible pero también
lleno de aprendizaje. Muchos jóvenes y viejos conocimos el miedo (incluso el
terror), pero también el valor; el descuido (o la insensatez), pero también la
prudencia.
Y así podría seguir hablando de las
virtudes humanas y de sus contrapartes. Y es que la virtud es lo que nos
define, es nuestra forma de ser y de actuar humanamente: es nuestra capacidad
de actuar bien.
Pero las virtudes son complejas, son
una especie de cima, de cumbre entre dos precipicios o abismos, entre dos
lacras o vicios. El ejemplo más claro es el de la valentía que se halla entre
la cobardía y la temeridad.
¿Fuimos temerarios los jóvenes que
nos involucramos en el Movimiento Estudiantil de aquellos años? ¿Acaso fuimos
insensatos o para decirlo suavemente descuidados por habernos arriesgado a
perder la vida inútilmente?
El día de hoy, medio siglo después
del acontecimiento, vale la pena hacer una reflexión sobre su importancia
histórica. Porque el sacrificio sí valió la pena. Pero quiero empezar esta colaboración de una
manera menos dramática, menos melancólica e imprimirle una dosis de belleza, de
estética. Así, que permitame usted amable lector citar a Octavio Paz.
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| 2 DE OCTUBRE 1968 NO SE OLVIDA |



