martes, 17 de septiembre de 2019

El periodismo libre

Alejandro Mario Fonseca
Últimamente, hará unos cinco años, ahora que tengo más tiempo libre, además del yoga que me calma, de mis lecturas de ficción, del cine y de mí familia, me ha dado por escribir, escribir sobre política.

Sí, es una vieja debilidad: la política. Y como es caprichosa y seductora, muy compleja; qué mejor manera de acceder a ella  escribiendo. Pero escribir no es fácil, es una actividad que requiere de lucidez, sobre todo de leer mucho y de estar siempre alerta.

Que debería dedicarme a la política de lleno, me dicen algunos amigos. Pues no, porque es ingrata, mejor escribo. Que no deja dinero, pues no importa, es uno de los lujos que puedo darme, igual que AMLO soy austero y no necesito mucho dinero.

La austeridad es una de las cosas que me encantan del actual gobierno de la 4 T. Pero hoy quiero referirme a los periodistas, ese gremio de sufridores que en tiempos recientes gracias al Internet, se han convertido en verdaderos filisteos de la posmodernidad.
Albert Camus

 El filisteo es una persona convencional y vulgar de intereses y aspiraciones miserables, que odian en secreto a la “cultura” y su pensamiento y mente se limitan al interés individual.

Es decir la persona dedicada a lo que ese gran pensador de la normalidad burguesa que fue Freud consideraba precisamente “normal “, el amar y trabajar según las formas convencionales establecidas por la llamada sociedad.


Una difícil hazaña
¿Cuál es el problema de fondo de nuestros periodistas? De ese gremio de sufridores que día con día salen a  la calle a ver “qué cachan”. Estoy hablando de la “tropa”, de esos jóvenes que por su condición de recién llegados, y otros no tanto, pero que por su mala fortuna echan mano de su osadía.

La osadía es sinónimo de atrevimiento, audacia o resolución, según el contexto y el sentido con que se use la palabra. Nuestros jóvenes periodistas “se avientan” a ver qué pasa: su arma es el celular; las noticias están en todos lados, tan sólo hay que caminar.

El problema es que caminan en un mundo muy contaminado. Todo se está pudriendo, la posmodernidad es engañosa, estamos dominados por malvivientes: mentiras, robos, violencia, crímenes por todos lados; ya es el pan de cada día.

Pero algunos sobreviven, van por allí, capoteando al diablo y cuando pueden toman la foto y la suben a la red. Ni siquiera hace falta una frase, la foto lo dice todo, la denuncia está en la imagen y vende, vende bien.

Y los que sobreviven, poco a poco, de manera empírica van aprendiendo el oficio. También otros tienen la suerte de estudiar, ya muchas universidades ofrecen la profesión de periodismo, algunas son buenas. Descubre que existe la prosa, la literatura.

Así que la base, la esencia del buen periodismo, está en la cultura. Los grandes periodistas han sido hombres de letras. Podría citar a muchos, pero pensemos en grandes maestros como Hemingway o Camus, o para hablar de mexicanos, en Julio Scherer o Vicente Leñero.

¿Y qué es lo que los lectores apreciamos más de un buen escrito periodístico? Pues algo muy sencillo, que además de informarnos, nos haga pasar un buen rato: buscamos diversión. Por ello es que la ironía de una buena pluma es tan importante.


Sin ironía no hay periodismo
Se trata de algo que tuve la suerte de aprender hace ya muchos años, por allá a fines de los años 70, cuando hice mis pininos en el periódico de Sindicato Académico de la UAP (entonces no era benemérita).  Me acuerdo muy bien que fue el güero Yáñez quien me dijo: tienes ironía natural, sólo necesitas encontrar tu estilo personal.

Tiempo después Beto Sotelo quien fuera el primer director de la revista Crítica editada por la misma UAP, me dijo lo mismo y me animó a seguir escribiendo. Lo primero que le llevé fue una crítica del libro El espejo de la producción de Jean Baudrillard.

La ironía es un modo de expresión o figura retórica que consiste en decir lo contrario de lo que se quiere dar a entender, empleando un tono, una gesticulación o unas palabras que insinúan la interpretación que debe hacerse.

También es una situación o hecho que resulta ser totalmente contrario a lo que se esperaba o que marca un fuerte contraste con ello. Por eso es que la buena ironía resulta divertida.

Albert Camus, periodista y premio nobel de literatura en 1957, ícono de la prensa libre durante los peores momentos de la Segunda Guerra Mundial, acudía constantemente a la ironía como la mejor manera de hacer periodismo crítico.

A lo largo de su vida seguiría encarnando ese ideal: en 1944 fundó el periódico Combat bajo un modelo de libertad absoluta, donde no se publicaría publicidad para no recibir patrocinios de ningún tipo, un periódico cuyo fin último era establecer una relación exclusiva con sus lectores. Sigamos los consejos de Albert Camus.


El periodismo libre, en un texto inédito de Camus
Según Camus, los medios y condiciones para que un periodista independiente no pierda su libertad “ante la guerra y sus servidumbres” son cuatro: lucidez, rechazo, ironía y obstinación. La lucidez, porque “supone la resistencia a los mecanismos del odio de la ira y el culto a la fatalidad”.

“Un periodista, en 1939, no se desespera y lucha por lo que cree verdadero como si su acción pudiera influir en el curso de los acontecimientos. No publica nada que pueda excitar el odio o provocar desesperanza. Todo eso está en su poder”.

“Frente a la creciente marea de la estupidez, es necesario también oponer alguna desobediencia”, continúa Camus. “Todas las presiones del mundo no harán que un espíritu un poco limpio acepte ser deshonesto”, decía. Y luego: “Es fácil comprobar la autenticidad de una noticia. Y un periodista libre debe poner toda su atención en ello”.

“Porque, si no puede decir todo lo que piensa, puede no decir lo que no piensa o lo que cree que es falso. Esta libertad negativa es, de lejos, la más importante de todas”, ya que permite “servir a la verdad en la medida humana de sus fuerzas”, o “al menos rechazar lo que ninguna fuerza le podría hacer aceptar: servir a la mentira”.

La tercera condición para ser libres es la ironía: “No vemos a Hitler, por poner un ejemplo entre otros posibles, utilizar la ironía socrática”, escribe Camus. “La ironía es un arma sin precedentes contra los demasiado poderosos. Completa a la rebeldía en el sentido de que permite no solo rechazar lo que es falso, sino decir a menudo lo que es cierto”.

Para cumplir lo anterior, la cuarta regla indispensable es “un mínimo de obstinación para superar los obstáculos que más desaniman”, a saber: “la constancia en la tontería, la abulia organizada, la estupidez agresiva”. (Cfr. Miguel Mora, El País, 16/3/2012)).

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