Alejandro Mario Fonseca
Ahora si me cayó la crítica dura y
descarnada de la ignorancia. Se trata de la peor de todas, aquella que
reacciona con el insulto fulminante, aquella que sólo quiere destruir.
Digo esto como una suerte de catarsis.
Aquél ejercicio al que recurrían los antiguos griegos para purificar las
pasiones del ánimo mediante las emociones que provoca la contemplación de una
situación trágica.
Lo que intenta la catarsis es la
liberación o eliminación de los recuerdos que alteran la mente o el equilibrio
nervioso. Y ese es el mejor camino para no caer en la trampa de la violencia
física o verbal.
Pero existe otro camino, el de los
argumentos sólidos, aquellos que se basan en la verdad rigurosa comprobada; y
que con suerte el interlocutor, en un momento de lucidez puede consultar y
comprobar.
Y es que no hay peor tragedia que
aquella que vivimos sin saberlo, aquella que el pobre ignorante defiende a toda
costa; como una especie de reacción defensiva, que a primera vista puede
confundirse con el instinto animal.
Pero no, no es instinto animal,
porque carece de una base genética, hereditaria; más bien sería la degeneración
del instinto: pura y llana necedad.
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